miércoles, enero 07, 2009

Mirando Torear a Silverio...

Con todo amor, para mi Papá.










Lo pactamos desde hace muchos años. Boda, baile, bautizo o convivio ameno donde suene un pasodoble, mi papá y yo, saltaremos a la pista.

A los primeros acordes del Cielo Andaluz o del Silverio de Lara, nos levantamos y encaminamos a la pista. Hacemos gran faramalla. Ejecutamos el “paseillo”, bailamos muy erguidos, giramos aparatosamente, hacemos pasos en redondel, fraseamos el “olé” juntos y hasta en ocasiones, mi papá coloca banderillas después de una verónica a pies juntos. Insisto, hacemos gran faramalla.

El problema en este ritual que tenemos, es que justamente, ni mi papá ni yo, bailamos bien. Nada. Es más, quien nos conoce lo sabe, bailamos bastante mal.

Sin embargo, el pasodoble nos sale muy bien pues le ponemos – como todo buen torero – corazón y entrega. Que durante la ejecución de algún pasodoble hayamos pisado a otros bailarines o golpeado fuertemente en el rostro a algunos parientes o que le hayamos tirado los lentes al papá de alguna novia, bueno, esos han sido gajes del oficio. Jamás hemos querido lesionar a ninguna amistad ni mucho menos empujar a nadie fuera de la pista, pero como nos sale de muy hondo lo gitano de un bailar, pues no podemos evitarlo.

Como claramente me ha enseñado con los años mi compañero de pasodoble, hay que hacer como que sí bailamos, hay que defender la posición en la pista, hay que llevar lo mejor posible el ritmo de la música. Hay que vivir la vida igualito a como bailamos: mirando a los ojos, sonriendo al público, haciendo mucha faramalla, disfrutando y preparándonos para que si embiste el toro, uno maneje con maestría el capote.

Y toda, toda esta sabiduría y enseñanza, se la debo al “príncipe milagro, al diamante del redondel, al tormento de las mujeres, al torero estrella, al torero, torerazo” que me dio la alternativa.

Y para él es hoy, este sencillo homenaje.

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